Probablemente muchos recuerden aquellos días calurosos y perezosos del verano de 2023, cuando Idris Elba se subió a un avión y este fue secuestrado en una ficción titulada Hijack. Durante siete horas, diseñadas para ser consumidas en un maratón sin esfuerzo y supuestamente narradas en tiempo real, nuestro hombre en el interior presurizado dedujo situaciones complejas a partir de neceseres mal colocados, envió mensajes codificados a través de cartones de fruta y teléfonos de hombres moribundos, salvó vidas y logró que el vuelo 29 de Kingdom aterrizara a salvo. Todo ello a pesar de que el consenso general de la audiencia fue que las escenas intercaladas con su familia en tierra resultaban ciertamente tediosas.
Lo curioso del caso es que Sam Nelson, el personaje de Elba, no era policía como el John McClane de La Jungla de Cristal ni un agente federal antiterrorista al estilo de Jack Bauer en 24. Tampoco era piloto, lo cual habría sido útil. Era simplemente un negociador empresarial con habilidades extremas que derrotó a los malos, quienes resultaron no ser terroristas, sino un sindicato del crimen que buscaba apostar a la baja en las acciones de la aerolínea. Una premisa extraña sobre la que se construyó un edificio de sinsentidos frágil, pero que se sostuvo gracias a Elba, una fuerza implacable y el único capaz de hacer que aquello funcionara. Ahora, Sam Nelson está de vuelta. Y esta vez, el escenario es un tren.
Pánico en el subsuelo de Berlín
En esta segunda entrega, la acción se traslada al metro de Berlín, donde la situación promete complicarse rápidamente. Sam se dirige a una reunión con un cargo del gobierno alemán, lo que nos proporciona una tensión inicial inmediata, dado que la eficiencia alemana no tolera los retrasos. Justo antes de abordar, Sam nota un pequeño alboroto causado por un hombre que luce una mochila roja, un color que grita peligro y pista falsa a partes iguales. Sam siempre está alerta, pues nunca se sabe cuándo habrá que negociar algo, aunque parece no ser consciente de que ha entrado de lleno en una nueva temporada de su propia serie.
Antes de subir al vagón, es abordado por Mei Tan, una joven y entusiasta empleada de su trabajo de negociación, encantada de tropezarse con él. Él, sin embargo, la despacha diciendo que debe subir en otro vagón más adelante. Si alguien no había jurado lealtad a Sam Nelson todavía, ese nivel de evasión social sella el trato. Una vez dentro, se unen a él la mochila roja, la empleada habladora y un surtido de dispositivos de la trama con forma humana: estudiantes ruidosos, entre ellos un tal George que padece claustrofobia, dos profesores agobiados, una gótica, policías corrientes que dudamos sean útiles ante circunstancias extraordinarias, y Otto, un conductor cada vez más nervioso.
La ironía del destino en la sala de control
Mientras Otto intenta contactar sin éxito con un supuesto ingeniero del metro para desviar el tren hacia una sección fuera de la red, en la superficie la trama se expande. Marsha, la esposa de Sam, aparece con aspecto miserable en una cabaña en las Tierras Altas de Escocia, y Clara, una trabajadora de la sala de control del metro, acepta quedarse una hora extra para ayudar a un amigo. Su justificación, “nunca pasa nada en la U5”, merece un reconocimiento a la ironía por parte de los guionistas. Clara pronto empieza a sospechar de Otto, que se salta los semáforos en rojo, mientras su gerente, un hombre gris, espera su momento para demostrar si tiene o no capacidad heroica. Con la promesa del regreso de actores de la primera temporada y nuevas incorporaciones como Toby Jones, la serie promete mantenernos pegados a la pantalla.
El contrapunto nostálgico y familiar
Frente a la adrenalina y la oscuridad de los túneles berlineses, el espectro del entretenimiento televisivo ofrece alternativas diametralmente opuestas que siguen resonando en las plataformas de streaming, recordándonos una era más inocente de la televisión por cable. Un ejemplo claro es la comedia Jessie, una producción que, aunque finalizada en 2015 tras cuatro temporadas y casi un centenar de episodios, mantiene su vigencia como un producto de confort para el público familiar.
La premisa nos aleja de terroristas y conspiraciones financieras para presentarnos a una adolescente soñadora de Texas que se traslada a Nueva York, comenzando una vida radicalmente distinta a su entorno rural. Jessie consigue trabajo como niñera para los cuatro hijos de una pareja de millonarios, lidiando no solo con los pequeños, sino con uno de sus amigos imaginarios y una mascota tan inusual como un carpincho. Mientras navega por la vida en la gran ciudad, encuentra aliados en Bertram, el mayordomo, y Tony, el portero de 20 años. Desde su primera emisión en septiembre de 2011 hasta la última en octubre de 2015, la serie consolidó un estilo de comedia de situación que, a diferencia de los thrillers actuales, busca la risa a través de miles de situaciones divertidas sin pretensiones de salvar el mundo, ofreciendo un respiro necesario ante tanta tensión narrativa.