Un monstruo viene a vernos

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           Últimamente no escribo mucho. Seamos sinceros: no escribo nada. Ni mis proyectos personales (véanse novelas pendientes) ni para mi querida NoticiasCelta. Supongo que es una cuestión de apatía, por encima de otros factores que es posible me estén afectando a la hora de exponerme al gran (pequeño) público. La motivación, indispensable para este sacrificado y prácticamente no remunerado trabajo, es indispensable, y cuando no se tiene motivación en esta vida, ninguna labor de esta índole puede salir adelante. Esto, por extensión es también aplicable al fútbol, claro.

Cada jornada del Celta me produce ya no una sensación de agobio, de tensión, de estrés, sino también de pereza extrema. Ponerme el partido en la tele me quita tiempo para otros menesteres en los que estoy seguro disfrutaré más, y sufriré menos. Ya no hablemos de desplazarme a mi antaño venerada grada de Río Alto, en la que ahora me siento cada dos semanas resoplando abruptamente como haría cualquier anciano achacoso. Y lo peor de esta situación tan ajena a mí es que no puedo evitar pensar en que los jugadores, mis jugadores, se encuentran psicológicamente igual que yo.

Pero no pretendo con este artículo hacer mío el protagonismo de esta historia, pues igual que yo, el sentir general del celtismo es lo que me representa. No era ni mayor de edad la última vez que se produjo un descenso, y temo que en aquel entonces me enfrentara a los diversos contextos que estábamos experimentando como aficionados de una manera muy diferente a como lo estoy llevando en la actualidad. Ayer mismo, ante uno de estos que, por confraternizar sin demasiada confianza en lo personal, me soltaba un “nos vamos a segunda, ¿eh?”; yo no pude más que, muy serio, responder: “pues si así es ahí estaré el año que viene sentado, viendo jugar a Numancias y compañía”.

La única realidad a la que me aferro desde esta apatía negacionista que estoy viviendo, es la matemática. Un hombre de letras como servidor, recurriendo al ‘cuento de La Lechera’ como única alternativa a la desgana: “quedan 30 puntos en juego, habrá que hacer la mitad”, me repito cual mantra, y me lo creo. Me lo creo con todo mi corazón porque la estadística respecto a la salvación, año tras año, apunta a esa cifra de 40 puntos como objetivo más que plausible (máxime cuando el resto de rivales directos están como están…) La cuestión es, que como vengo diciendo, ganar uno sólo de esos diez partidos restantes se antoja tan lejano, que cinco semejan una auténtica utopía.

Villarreal parece una final. En cierto modo, lo es. Sin embargo, no dejo de darle vueltas a esos 30 puntos en juego y en los 15 que nos son tan necesarios. Porque no sé con qué actitud acudiré a Balaídos el próximo sábado, y mucho menos cómo saldremos de allí todos los que lo llenaremos, pero se produzca el escenario que se produzca, seguirá haciéndonos falta esa ilusión con la que en teoría empezamos la temporada, seguirá haciéndonos falta un Aspas pletórico como aquel de mayo de 2009, y seguirá haciéndonos mucha falta contar hacia atrás con los dedos hasta que este sufrimiento se acabe de una vez por todas.

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