La dura realidad

Óscar Vázquez (ed. propia)

       Últimamente no hago más que toparme con otros celtistas que me tachan de “pesimista”. Lo cierto es que, a lo largo de toda mi carrera vital, nunca me he considerado así a mí mismo, y es algo que incluso me ofende un poco. De hecho, me considero una persona bastante vital, que siempre ha depositado su fe en los demás seres humanos y en ningún otro tipo de creencia mística ni religiosa. Y, además, mi intuición suele estar gratamente acertada en la mayoría de facetas de mi vida… por eso, precisamente, creo que se me tacha en los últimos tiempos de pesimista.

Me resulta extremadamente complejo el creer en mi equipo desde hace más de un año. Aún con varios meses de Unzué en el banquillo, creía en el Celta al 100%. Creía que mejoraría nuestro juego, que podríamos clasificarnos para la UEL, y que el club seguiría creciendo. A medida que los partidos avanzaban, ese porcentaje comenzó a descender exponencialmente, y eso nos llevó hasta la temporada actual y al momento que vivimos los celtistas a día de hoy. Un momento, en los diferentes estamentos del club, de un azul oscuro casi negro.

La afición está desenganchándose. Cada vez menos espectadores asisten a Balaídos; no sé si los mismos (quizá) que acuden a protestar frente a la sede porque, desde la directiva, consideran que es un buen momento para citar a la cúpula del PP en un acto “por la unidad de España”. Una directiva que sigue dándole patadas hacia adelante a la piedra del proyecto deportivo, lo que se supone, debería ser la prioridad por encima de todas las cosas. Pues no, ahora lo más importante es hablar del estadio de Balaídos, de la futura ciudad deportiva de Mos, de centros comerciales… mientras el equipo va perdiendo jugadores veteranos y de entidad en detrimento de otros muchísimo más jóvenes y sin galones.

Sólo quedan algunos, como Iago Aspas, que no sólo presume de esa experiencia y veteranía, sino también de una calidad incomparable a cualquier otro jugador en (prácticamente) en toda nuestra historia. Y va, y se lesiona. La típica lesión inoportuna y molesta, que se prolonga en el tiempo, y que nos arrastra irremediablemente al desastre. Sin él, el equipo gana un partido contra el Sevilla. Pero ya está. El resto de jugadores parecen estar a años luz del ‘mago de Moaña’ ya no en calidad, sino en cuanto a echarse al equipo encima respecta. Las desgracias, dicen, suelen venir de tres en tres.

Sin embargo, si la liga acabase hoy mismo (ojalá) nos salvaríamos. Todavía hay equipos peores que nosotros, al menos en cuanto a números se refiere. Mi porcentaje de confianza en el Celta es menor que hace un año, pero aún está por encima de la que atesoro respecto a otros tres que puedan quedar por debajo. Pero sigue decayendo, y por lo que a mí respecta, aunque baje más allá del 4% tengo que creer. Quizá no creo en que podamos ganarle al Alavés esta semana, o ganarle al Éibar después… pero sí que creo en que al final de todo lograremos salvarnos. Sufriendo, pero puede hacerse. Supongo que esa es, verdaderamente, nuestra dura realidad.

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