Los mismos errores de cada verano

El Celta de Vigo es una entidad con un comportamiento predecible. Es así desde que Carlos Mouriño accedió a la presidencia, hace más de una década. Ocurre con las instalaciones, los abonos o la comunicación corporativa. Cada verano, cuando la pelota deja de rodar por el viejo Balaídos, el aficionado celeste asiste a una función de silencios inciertos y apariciones disonantes. Mientras el club fragua unos cimientos sólidos, la fachada sigue inalterable; mientras la directiva lo fía todo al éxito económico, la deficiente planificación deportiva compromete la actividad nuclear de la institución, que no es otra que el fútbol de Primera División. El presente mercado de fichajes va camino de convertirse en otro sonado fracaso.

Las señales del pasado inmediato son claras. Torrecilla y Berizzo, los responsables de colocar al Celta entre lo más granado de Europa, han roto sus vínculos con la institución que los catapultó a la elite. Por agradecimiento e identificación, ambos persistieron hasta que la plana mayor les negó la oportunidad de seguir creciendo. Nada cambiará en esta campaña en el proceder deportivo, pues el patrón de comportamiento sigue inmutable. 

La muestra de que todo sigue igual se encuentra en el trato al aficionado, contrario incluso a toda lógica económica: en el presente ejercicio, el apartado de abonados generó cinco millones de euros, al tiempo que la televisión aportó más de diez veces esa cantidad –suficiente para cubrir casi dos veces los gastos fijos–. Mouriño y sus acólitos insisten en vaciar el estadio, sin importar el perjuicio en el ingreso por retransmisiones. La justificación para ello es una supuesta desventaja en masa social, la misma a la que ahuyentan con cuotas de alta y de renovación, amén de las subidas anuales en el precio de los asientos. Paradoja con doble tirabuzón. 

Es momento de cambiar para no repetir los errores de cada verano. Sin restar un ápice de mérito a la gestión financiera de Carlos Mouriño, es obligado asumir que son los futbolistas quienes producen el grueso de la recaudación, que luego es amplificada con el valor añadido de la mercadotecnia o la asistencia al campo. La excepcional generación de canteranos que posibilitó el ascenso fue, además, la que finiquitó la deuda con cada gol retransmitido. En otras palabras: una gestión deportiva sensata es la primera piedra para el correcto devenir económico.

Por supuesto, los cambios en la planificación deportiva no incluyen únicamente el salto cualitativo que se negó a Torrecilla y Berizzo. Implican asimismo la forma de trabajar y la toma de decisiones, donde ha pesado demasiado el interés pecuniario de la directiva: futbolistas jóvenes, salarios bajos y expectativa de amortización y plusvalía. Esta directriz, camuflada como oportunidad para la cantera, ha supuesto una carga de trabajo adicional para el cuerpo técnico y no ha dejado espacio para la academia, ya que se ha fichado según surgía la oportunidad, y no dejando posiciones libres para las promesas de A Madroa. 

El Celta ha de acostumbrarse a un mercado caracterizado por la escasez, en el que es habitual pagar más que el valor estimado para un activo. Habrá de imaginar un colectivo, y no una suma de individuos, para el que hacen falta incorporaciones con experiencia, o para posiciones delicadas, en las que los traspasos y los sueldos son más altos. Las consecuencias de ignorar las necesidades del entrenador y del equipo tienen nombre propio, y a menudo el paso de estos fichajes auspiciados por la directiva terminan en cesiones seguidas de rescisión de contrato. Un desperdicio económico y una serie interminable de oportunidades malgastadas, como las tres semifinales de los dos últimos años. Es el precio de manejar a deportistas como si fuesen números.

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